Con Moscas (México, 2026), Fernando Eimbcke vuelve a muchos de los elementos que habían delineado su cine: cierta economía de recursos, un humor seco, la sucesión de personajes extraños y maravillosos de la vida cotidiana, la delimitación de un espacio físico y, sobre todo, la atención a ciertos momentos críticos en los que todo parece a punto de cambiar. Pero ahora, con Moscas, percibimos algo diferente. En sus películas anteriores siempre había un ocultamiento, las cosas importantes se presentaban como insinuaciones y el sentido del absurdo o la tristeza infinita de algunos de sus personajes (como en Lake Tahoe, 2008) aparecían más tarde. En Moscas, sin embargo, todo es inmediato y directo.
Olga (Teresita Sánchez) vive en el Multifamiliar Presidente Alemán y, por un apuro económico, renta una de las habitaciones de su departamento. La cercanía con el Centro Médico Nacional 20 de Noviembre —el que vemos a la distancia, a través de las ventanas de su departamento— parece que marca, de alguna forma, la rutina de su vida. El que renta el cuarto es Tulio (Hugo Ramírez). Su mujer está enferma e internada en el hospital. Oculto a las intromisiones de Olga, lo acompaña su hijo Cristian (Bastián Escobar). Los días empiezan a suceder alrededor del hospital, en ese pequeño tramo de vida que se extiende por un pedazo de Félix Cuevas. Los niños no pueden entrar en la sección en la que está internada la madre de Cristian, así que el pequeño pasa tiempo deambulando por la zona. Le interesa todo lo relacionado con el espacio: una lámpara con forma de astronauta que vende un ambulante (que, al final, conquistado por su simpatía, le regala unas calcomanías), el Cosmic Defender Pro, y un viejo juego de arcade que se parece mucho al Space Invaders. El entorno resuena con el niño y el niño resuena con el entorno.
Tal vez Fernando Eimbcke sea el cineasta mexicano que mejor ha filmado la niñez y la juventud. Como en ese domingo interminable de Temporada de patos, donde la infancia parecía llegar a su fin —ahí también estaban los videojuegos— con un beso. Ahora, en Moscas el conocimiento de la enfermedad y la cercanía con la muerte parecen anunciar el final de una etapa. La vida se nos muestra a través de la mirada del pequeño Cristian (Bastian Escobar) que tiene una habilidad especial para ganarse el corazón de los que llegan a conocerlo, entre ellos el personaje interpretado por Enrique Arreola, que veinte años después de su aparición en Temporada de patos como el repartidor de pizzas, regresa como trabajador de hospital. Una vez más, su personaje acepta el reto de jugar y apostar por un nuevo comienzo.
Moscas vuelve sobre los primeros pasos del cineasta para prolongar los temas de su cine como los encuentros con los otros y el azar del día a día, pero esta vez sin envolverlos en un enigma narrativo. Los cambios ocurren frente a nosotros, en la inevitable convivencia entre Olga y Cristian. Una vez descubierto el secreto, ese espacio doméstico no puede seguir siendo el mismo porque alguien más empieza a habitarlo. En una narración muy clásica, la película avanza a partir de la acumulación de pequeñas situaciones, y en esa concreción está, para mí, una de sus grandes virtudes. Cristian busca la manera de ver a su madre: quiere llevarle unas pantuflas como pretexto para entrar al hospital y, para conseguirlo, se gana la complicidad de las policías con pequeños regalos y muestras de cariño. Lo que termina por desarmarlas es su inusual y dulce insistencia. El Cosmic Defender Pro también funciona como metáfora de distintas luchas en contra de la muerte y en contra de la incertidumbre. En un momento, el juego parece adueñarse de la pantalla para introducirnos en ese otro mundo de naves y alienígenas de píxeles.
Como en Temporada de Patos, basta mirar con especial disposición algo para que empiece a moverse, como el cuadro en el que los patos parecen agitar sus alas. No se trata de una deriva hacia lo fantástico sino de la intuición de que lo maravilloso nunca está demasiado lejos de lo cotidiano. A diferencia de ciertas formas del realismo mágico, que introducen elementos ajenos o inesperados para tensionar la realidad, aquí no hay ruptura con ella, lo que aparece ya estaba ahí, inscrito en lo real, esperando ser percibido. Lo maravilloso es una cualidad de la experiencia misma cuando se la observa con atención. Algo similar atraviesa el cine de Hayao Miyazaki: lo extraordinario no se impone sobre el mundo, sino que convive con él, de hecho Moscas recuerda en varios momentos a Mi vecino Totoro. En ambas películas, la enfermedad de una madre se observa desde la infancia que intenta abrirse un espacio entre el mundo adulto, con Mei llevando una mazorca de maíz al hospital o Cristian con las pantuflas de su madre. En ningún caso se trata de negar la realidad, sino de hacerla más habitable. Moscas parece confiar en algo muy sencillo: que los cambios importantes de la vida ocurren frente a nosotros, en pequeñas variaciones del día a día. Basta con mirar con suficiente atención para que empiecen a hacerse visibles.
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