por Alf Noriega
Star Wars: Episodio II - El Ataque de los Clones llegó a cines en mayo del 2002. Habían pasado tres años desde que su predecesora arribó a las salas de cine como el mayor suceso fílmico y cultural de finales de siglo. También fue la mayor decepción para toda una generación que creció con la pureza de las aventuras de Luke y compañía. La película que continuó con la transformación de Anakin Skywalker en el villano Darth Vader, llegó prometiendo al espectador que nada podría salir tan mal como lo fue en 1999. Grave error. Un montón de efectos visuales, limitadas locaciones reales sin más que una pantalla verde y el recurso arriesgado, sí, pero absurdo de hacer rimar poéticamente las entregas de la saga, nos dieron uno de los fiascos más grandes de la historia del cine y la cultura pop (no hablando en taquilla, sino calidad); peor que La Amenaza Fantasma, la secuela potenciaría en grande todos los defectos de la primera entrega dejando a la audiencia sin una nueva esperanza para el futuro de una galaxia muy, muy lejana...
Por mucho que uno disfrute de las historias clásicas y sus orígenes, aquellas que nos remontan a la infancia, esta entrega cinematográfica del universo que creó (y destruyó) George Lucas es el equivalente cinematográfico a un niño problema: no importa cuánto amor pueda merecer, cuánto apoyo intelectual deba recibir, podemos intuir que la criatura tarde o temprano crecerá y se convertirá en un completo imbécil, al grado de terminar acabando consigo mismo. Star Wars: Episodio II - El Ataque de los Clones es una película que agrada en el aspecto visual, tempranamente, hasta que se vuelve grandilocuente en cuanto a su técnica digital y cae en la ostentosidad banal y la desesperanza narrativa.
Lírica cinematográfica: la gloria y la ruina para el director cuyas decisiones no son acertadas. George Lucas decide usar la misma fórmula que utilizaron Irvin Kershner y Lawrence Kasdan en El Imperio Contraataca: tres personajes principales, uno de ellos ausente y los dos restantes escapando mientras desarrollan un romance juntos. Todos los elementos básicos del Episodio V son traídos de vuelta, pero sin el mismo encanto, más bien lo contrario: una cacería de poder, un cazarrecompensas, cinturón de asteroides y un intenso duelo de sables hacia el final.
A diferencia de Kershner, Lucas no logra controlar la fórmula y crea un caos de dimensiones galácticas sin saber qué historia contar ni qué elementos mostrar en primer plano. El realizador apela a la nostalgia como recurso esencial para atrapar al público y hacerlo sentir que está de vuelta en la galaxia lejana que tanto adora. Error tras error, mientras la historia avanza sin sentido, la maravilla visual y sonora que el equipo de producción desarrolla se va perdiendo en la pobreza del argumento. La criatura que crece y se convierte en el poeta que mata a la poesía.
Otro elemento desastroso en estas precuelas es directamente atribuible a la falta de interés de Lucas por los personajes y sus interacciones. El Ataque de los Clones tiene grandes actores en su reparto, pero que se desempeñan con un ritmo irregular impulsado por el desarrollo nulo y torpe de los personajes y la línea argumental: se menciona la amistad de Kenobi y Skywalker en sus travesías juntos, pero nunca se logra demostrar nada de eso en pantalla; se habla de la sabiduría de los jedi y su capacidad de actuar sagazmente cuando el momento lo requiere y sólo les vemos sentados la mayor parte de la historia. La criatura pierde el camino.
Cuando no existe un arco dramático desarrollado, y dicho factor limita a los actores, estos deben de explotar sus capacidad histriónica para lograr personajes memorables pese a ser unidimensionales, lo cual se convierte en el único acierto de la película. El co-protagónico, Obi Wan Kenobi, logra catapultar el carisma y personalidad de su personaje en esta entrega. Ewan McGregor como Kenobi es lo más rescatable de la trilogía de las precuelas.
Natalie Portman, actual ganadora del Óscar, no logra más que hacerse la enamorada y aguerrida política durante sus escenas en la película. Es cierto que la joven actriz tiene una gracia innata, pero sus capacidades histriónicas no emergieron y los elementos alrededor de su interpretación fueron un gran limitante para sobresalir en pantalla.
Por último, Hayden Christensen como Anakin Skywalker resulta ser la mayor sorpresa de la entrega; cuando nada podía ser peor que el arrogante niño Jake Lloyd como Skywalker, llega a la pantalla un joven adulto soso, inútil, con sus atributos actorales residiendo únicamente en la belleza de su infantil y vacío rostro. El actor jamás da vida al futuro villano más temido de la galaxia, más bien se queda corto: concreta al personaje de Skywalker como un adolescente enojado y berrinchudo al que no le dejan salir con la novia en sábado por la noche. Las escenas en las que el jedi decide enamorar a la senadora son las peor escritas en la historia del cine moderno. Las decisiones actorales, tanto del reparto como del director, fueron determinantes para el éxito narrativo de la historia, pero demostraron lo que todos temían: la película fue simplista, sin sentido y tediosa, más aún que su predecesora.
La criatura destruye todo y a sí misma. Ni el mismísimo John Williams con su extraordinaria banda sonora y el hermoso tema de amor “Across the Stars” (o el esperado duelo de Yoda) logran hacer sobresalir la segunda entrega de la saga.
Con una historia que no termina por tener orden, personajes vacíos y todos los elementos que amamos de la trilogía original siendo violados frenéticamente, El Ataque de los Clones supera en posición a La Amenaza Fantasma como la entrega en nivel más bajo de la saga de Star Wars. La responsabilidad de salvarlo todo, entonces, recaía en La venganza de los Sith, pero la esperanza del espectador ya era tan falsa como el lento caminar del espadachín y digital maestro Yoda.
Al parecer, la noche de El Lado Oscuro había arribado.
¿Qué hicimos para merecer esto?
05.12.15
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