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El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos

El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos

Del director ganador del Premio de la Academia Peter Jackson llega El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos , definida como "el capítulo definitivo", relata el final de las aventuras de Bilbo Bolsón (Martin Freeman), Thorin Escudo de Roble (Richard Armitage) y la Compañía de Enanos. Los enanos de Erebor han reclamado la vasta riqueza de su hogar, pero ahora tienen que enfrentar las consecuencias de haber liberado al temible dragón Smaug (voz de Benedict Cumberbatch) a los indefensos hombres, mujeres y niños de Ciudad del Lago. Mientras sucumbe a su repulsión por el dragón, el Rey Bajo la Montaña, Thorin Escudo de Roble, sacrifica la amistad y el honor en su búsqueda de la Piedra del Arca. Incapaz de ayudar a Thorin a entrar en razón, Bilbo es obligado a tomar una decisión peligrosa y desesperada, sin saber que peores riesgos lo esperan más adelante. Un antiguo enemigo ha regresado a la Tierra Media: Sauron, el Señor Oscuro, ha enviado legiones de Orcos a lanzar un ataque contra la Montaña Solitaria. Mientras la oscuridad converge y crece junto con el conflicto, las razas de enanos, elfos y hombres tendrán que decidir entre unirse o ser destruidos. Y Bilbo tendrá que pelear por su vida y las de sus amigos mientras cinco grandes ejércitos van a la guerra.

 
No llores por mí, Tierra Media.
Mi alma está contigo. 
Mi vida entera te la dedico. 
Mas no te alejes, te necesito... 

por Alf Noriega y Eduardo Segura.
 

Del director ganador del Premio de la Academia Peter Jackson llega El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos, definida como "el capítulo definitivo", relata el final de las aventuras de Bilbo Bolsón (Martin Freeman), Thorin Escudo de Roble (Richard Armitage) y la Compañía de Enanos. Los enanos de Erebor han reclamado la vasta riqueza de su hogar, pero ahora tienen que enfrentar las consecuencias de haber liberado al temible dragón Smaug (voz de Benedict Cumberbatch) a los indefensos hombres, mujeres y niños de Ciudad del Lago. Mientras sucumbe a su repulsión por el dragón, el Rey Bajo la Montaña, Thorin Escudo de Roble,  sacrifica la amistad y el honor en su búsqueda de la Piedra del Arca. Incapaz de ayudar a Thorin a entrar en razón, Bilbo es obligado a tomar una decisión peligrosa y desesperada, sin saber que peores riesgos lo esperan más adelante. Un antiguo enemigo ha regresado a la Tierra Media: Sauron, el Señor Oscuro, ha enviado legiones de Orcos a lanzar un ataque contra la Montaña Solitaria. Mientras la oscuridad converge y crece junto con el conflicto, las razas de enanos, elfos y hombres tendrán que decidir entre unirse o ser destruidos. Y Bilbo tendrá que pelear por su vida y las de sus amigos mientras cinco grandes ejércitos van a la guerra.

Es bien sabido por los ávidos seguidores el disgusto de Tolkien ante la alegoría —disgusto que era tanto intelectual como espiritual, y la interpretación que podemos obtener de la obra del Profesor es que él únicamente narraba a partir de la sobreabundancia de su propia cosmovisión y de su vida interior. Él detestaba cordialmente la alegoría en todas sus manifestaciones, y siempre le parecieron así desde que se hizo lo bastante viejo y cauteloso para detectar su presencia. Jackson, como fiel seguidor del autor, sabía bien esto y por ello el mensaje de sus filmes es universal.

Y es que la invención de alegorías siempre implica una minimización del significado y del alcance de la obra subcreativa porque devalúa la esencia de la creación artística. El arte es, paradójicamente, un fruto necesario de la libertad: el artista es libre para crear; pero, de alguna forma, no puede dejar de crear. También el espectador es libre para recibir la obra de arte, e interpretarla de acuerdo con su propio gusto estético, preferencias, experiencias y capacidad de comprensión.

Por ello, la obra completa del neozelandés Peter Jackson y la de J.R.R. Tolkien son un ejemplo natural de obra de arte. Mitopoeia: el arte de contar historias, el cual es, para Tolkien por una parte un “arte”, una habilidad, una téchné; por otra, se trata de un don, participación de la creatura humana en el poder creador de Dios (Tolkien fue un cristiano tardíamente convertido); y, así, se convierte en evidencia de la condición narrativa de la existencia humana.

Es decir, sólo por medio de la narración de historias, a través de cualquier lengujae y forma de expresión artística, alcanzamos una comprensión completa de nosotros mismos, de quiénes somos; una respuesta a todas las preguntas metafísicas que nos hacemos día a día. La tragedia de un mundo iletrado subraya tristemente el hecho de que muchas personas no serán capaces de comprender su verdadera naturaleza a menos que vuelvan sus ojos a lo que fueron y a lo que son, por medio del arte—del deleite estético— de los mitos eternos y universales.

Ahora bien, parece extraño, pero las cosas que es bueno tener y las experiencias que se pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto, y no se les presta demasiada atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras, y aun horribles, pueden hacer un buen relato, y además lleva tiempo contarlas.

Peter Jackson se enamoró ciegamente de este arte, lo cual fue su gloria y ruina. Con la trilogía de El Señor de los Anillos, su viaje de ida, comprendió concretamente la percepción tolkiendili del arte. Su obra maestra dividida en tres partes es el ejemplo claro y rotundo del arte de contar historias. Ahora, con la trilogía de El Hobbit, el viaje de vuelta, su deseo de crear lo llevó al caos. Es verdad, todo subcreador desea en cierta medida ser un verdadero creador, o al menos tiene la esperanza de estar haciendo uso de la realidad. Espera internamente que la cualidad peculiar de este mundo secundario que crea derive de la Realidad o fluya hacia ella. La cualidad peculiar del “gozo” en una Fantasía cumplida puede, así, ser explicada como un repentino atisbo de la realidad subyacente de la verdad. No es sólo un “consuelo” para las penas de este mundo, sino una satisfacción para el subcreador y los espectadores y, a la vez como una respuesta a la pregunta: “¿Eso es verdad?”.

Cierto es que casi siempre se encuentra algo, si se mira, pero no siempre es lo que uno busca.

Jackson, intentando cumplir su fantasía, llegó más bien al engolosinamiento, al exceso y a la degradación del arte en su concepto original. Si bien la historia sigue siendo tan bella como fue su trilogía primera, (tal vez más inocente y pura), los excesos visuales y las libertades creativas no fueron suficiente para lograr con maestría una mitopoeia pura, como anteriormente lo había logrado. La forma de contar la historia de Bilbo Bolsón y los Enanos de Erebor careció de elementos escenciales y le dio pie a los excesos técnicos. Se le considera una gran persona, al señor Peter Jackson, y el gremio cienmatográfico, así como los seguidores de Tolkien siempre le apreciarán mucho; pero en última instancia... ¡Es sólo un simple individuo en un mundo enorme!

Las historias de la Tierra Media que Jackson llevó a la pantalla grande, sin embargo, llenan de elementos primoridiales a aquellos que las viven, gozan y disfrutan: amor a la historia a pesar de todo, a pesar de la técnica utilizada por el subcreador; sin alegorías, con defectos, con errores, con sádicas y sosas libertades creativas. Amor a la historia, a pesar de todo.

Es sir Peter Jackson quién intenta dominar el arte y ser fiel a la mitopoeia, y con esto se convierte en aquél que se redescubre a sí mismo y ayuda a todos aquellos espectadores que están en el proceso de hacerlo. La subcreación se convierte en un proceso de redescubrimiento de la esencia del ser humano. El arte ofrece un camino, a través de la belleza, para aprender a amar la vida. El arte se transforma en una especie de “elemento extra” para la vida ordinaria que la hace completa. Sin embargo, paradójicamente, sólo un vivir artístico —es decir, la vivencia pura del arte no como un lujo, sino como el alma de la vida— da como resultado una existencia más plenamente abierta al mundo del espíritu y, por ende, a lo esencial. Por ello, los filmes dentro de La Tierra Media permiten a cada espectador y seguidor de la serie a llegar a una comprensión más profunda de su propia visión del mundo, el nuestro y el de los hobbits, magos, elfos y hombres. Una visión que de alguna manera está confinada a los límites del alma, a la vez infinitos y concretos. Se trata de un concepto cuyo sentido y alcance es mucho más amplio que el de la alegoría misma.

Ambos autores, tanto Tolkien como Jackson, reflejan en sus obras que el arte es el umbral para escapar de la muerte. “Si más gente diera más importancia a la comida y a las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz”. El arte nos hace, así, eternos.

 

¡Hasta siempre, Tierra Media! La verdad es que nunca nos dejarás.

 

15.12.14

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