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Blancanieves de Pablo Berger

Blancanieves de Pablo Berger

Llega, luego de haber formado cierta expectativa, un brillante producto fílmico que juega a ser culto desde la taquilla, y lo logra con creces, pues, desde donde se le vea cumple tanto con el público gourmet (que quiere ver en la mujercita al toro de lidia) como con el sucedáneo (que quiere conmoverse siempre). 
 
por Jurxdo Imamura
 
 
Esta revisión a la obra de los Hermanos Grimm –reconocida por todo el orbe gracias a la iniciativa animada de Walt Disney (de 1939)–, resulta una de las adaptaciones más interesantes que se han hecho sobre un cuento de hadas, o en todo caso de la tradición literaria de la Europa de principios del siglo XVIII, porque con justeza y una poca dosis de pudor se podría afirmar que el ejercicio de adaptación de Blancanieves (Pablo Berger, 2012) me recordó el célebre desmenuce camboyano que hiciera Coppola de la obra de Conrad por antonomasia, obra con la que concluía la seriedad de Hollywood en la década del 70.
 
Blancanieves es un grandioso ejercicio estilístico, que pone al viejo cuento de la jovencita virginal y sus enanos en un universo de total contrapuntismo: la imagen monocromática que embellece el barroco diseño de arte que engalana una película muy hispana, que igual toma bríos de la vieja y señorial tradición fílmica del toreo que de un film noir (¡rosísima!) para resultar en lo que podría ser una de las mejores películas del año.
 
El filme es (valga la expresión fatal para un filme como éste que juega con las sombras) a todas luces de factura comercial, y en ese sentido se agradece el trabajo elaborado de quienes aquí entregan al espectador una obra que, sin devaluar la educación del público, lo entretiene y emociona, no como calquier kilo de paja sandleresca (Son como niños 2, Grown Ups 2, Dugan, 2013) o de acción demoledora (Red 2, Parisot, 2013) ya pensadas para exhibiese directamente en Netflix. 
 
Los contrastantes negros y los blancos absolutos que el ojo del fotógrafo Kiko de la Rica (Lucía y el sexo, 2001) consigue, arroban inmediatamente al espectador (desde el fino asome de los créditos iniciales entre encaje y hojuelas de traje de luces), al mismo tiempo que cargan de carácter a los rostros de los personajes y por supuesto colocan en primer plano la belleza de las protagonistas. Así, algunos terminan enamorándose de la hermosa Carmen/Blancanieves (Macarena García) –obvio homenaje a la de Bizet/Saura (1875/1983)– y algunos otros se llenan de empatía con la madrastra Encarna (Verdú haciendo un excitante aunque acartonado homenaje a Gloria Swanson).
 
La película goza, o padece (según) de hartos elementos efectivos a la hora de desarrollarse como obra narrativa. Toda se basa en un bien logradito montaje de atracciones (cfr. Eisenstein) donde los cortes y secuencias se suceden in crescendo, que consigue tanto la emoción como la expectativa del público, a lo que se le suma una banda sonora invasiva de Manuel Martínez del Fresno y Roman Gottwald, que, a reserva de sonar repetitivos, es por demás emotiva y manipuladora, como la inclusión de los otros dos actores quienes hacen de monigotes que mueven la historia, que de decantarla un poco se trocaría en una telenovela preciosista: Daniel Giménez Cacho (haciendo pusilánime homenaje a La Paralítica abuela de Nosotros los pobres, Rodríguez, 1948), y Ángela Molina (otrora musa candente de Buñuel y Gutiérrez Aragón, hoy vuelta una Sarita García más volátil).
 
Buena idea la de Berger de hacer cine silente en pleno siglo XXI, sin la pretensión de ser el gran apologeta de aquellos filmes (como le pasó a El artista, Hazanavicious, 2011), sino simplemente colocar una obra de entretenimiento en un bien logrado formato cuadrado (1.33:1) en 16mm –por cierto realizado totalmente con una Arriflex 16 SR3 y masterizado con tecnología digital 2K y Súper 16 (para los que no podían dormir)– que deliberadamente nos pone en medio del más refinado, por amanerado, periodo cinematográfico circa años 30.
 
22.08.13


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