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Hamnet: sobre la gestión humana y el dejar ir

Hamnet: sobre la gestión humana y el dejar ir

El resto es silencio...

Ser, o no ser; ésa es la cuestión: ¿Si es más noble sufrir en el ánimo Los hondazos y flechas de la ultrajante Fortuna, O tomar las armas contra un mar de problemas, y, oponiéndonos, acabar con ellos? Morir, dormir; No más: y con un sueño decir que acabamos con el dolor del corazón, y los mil golpes naturales Que son herencia de la carne; ésa es una consumación piadosamente deseada.

Príncipe Hamlet en el Acto III, Hamlet
William Shakespeare

 

Creía que Hamnet sólo iba a referenciar, sutilmente, a la figura de William Shakespeare y el momento de su vida que le inspiró a escribir la tragedia de Hamlet. Que la identidad del co-protagonista y la obra que escribe a raíz de su propia tragedia familiar era algo que ya sabíamos, y que en pantalla no se iba a mencionar, sino simplemente lo íbamos a entender.

Y, hasta cierto punto, es así, pero me sorprendió encontrar referencias tan estrechas a su vida y obra en torno a un capítulo poco explorado: lo relativo a su esposa Agnes, y la forma en la que su vínculo con ella, sus hijas y su hijo fueron influyentes para el sello trágico y humano de sus obras más recordadas.

Pero, Hamnet no es una biopic. Tampoco la consideraría dentro del subgénero que yo denomino “pseudo biopics”, las cuales llevan por título el apellido o el nombre de la persona cuya vida están narrando (aunque se enfoquen en una sola etapa de ésta). Hamnet es algo más.

Puedo decir con absoluta certeza que lo que hace Chloe Zhao jamás lo había visto. Es una exploración de los lazos familiares y el amor que yace intangible, y se deposita en la confianza y protección de la persona a la que se le profesa, sin importar dónde se encuentre. Asimismo, se trata de la maternidad y la paternidad. Del poder de la hermandad incondicional, y por supuesto, del duelo.

De una manera cálida y humana, martirizante como catártica, y solemne como amena, la directora de Hamnet, construye con naturalidad, el entorno de sus personajes para dirigir con asertividad el trabajo de la actriz Jesse Buckley (quien da vida a Agnes Shakespeare), Paul Mescal (quien interpreta a Shakespeare), del reparto infantil y el resto del elenco.

Todo esto se sostiene con la poesía de la cinematografía, a cargo de Lukasz Zal, y de la melancólica composición musical de Max Richter; pero, sobre todas los aspectos posibles de elogiar y/o despreciar en un filme, Hamnet es el éxtasis, el profundo dolor y la posibilidad de transformación que transmiten sus protagonistas.

Con el fin de evocar una sensación de intimidad con cada una de las experiencias de sus personajes, la manera en cómo las sobrellevan dentro de un determinado contexto, y la dimensionalidad de sus procesos individuales (ante el rostro más bello, el más cruel y desafiante que la vida les impone), construyen una horizontalidad en la que nosotros mismos sabemos que esa misma realidad también se nos impone.

Un pasaje a destacar es la decisión y el profundo amor en los ojos del pequeño Jacobi Jupe mientras su personaje acompaña y guía a sus propios padres en el sendero de la aceptación y el dolor inconmensurable de la pérdida.

Finalmente, Hamnet también es un testamento sobre la sanación y la liberación de nuestras más profundas heridas a través del arte (que si bien no funge como escape ni evasión del dolor propio ni de quienes más amamos), sí es una forma de confrontarlo, de abrazarlo, aunque nos queme… para luego, dejarlo ir.

No tengo hijos. Observando día a día la situación del mundo en que me tocó vivir, no estoy seguro de si los voy a tener; pero, si algo sé es que Hamnet tuvo el poder de hacerme llorar y dejar ir a un hijo que aún no existe

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