siguenos
Éxito de taquilla, frase vacía

A propósito de Nosotros los Nobles.

por Julio César Durán

Una serie de movimientos que pretenden educar al sujeto expectante. Las peripecias, llevadas a cabo con una buena manufactura, de un grupito de personajes quienes en tono de ironía, pretenden homogeneizar y caricaturizar a las clases –lo cual en principio no suena mal–, personalidades que terminan por constituir una ofensiva burla, por parte de sus industriosos productores, hacia un sector que creen pasivo, simplón y lo peor de todo, lo creen falto de sus facultades mentales.

El cuento de moralizar a un pretendido espectador pasivo llega con bombo y platillo. ¿Moral? No hay moral, no debe haberla. En el momento en el que una película intenta imponer una moralina, pierde su carácter de arte, más cuando esa educación que pretende, se basa en la visión colonizadora de siempre, que limita la complejidad social en unas cuantas bromas, mismas que terminarán por mantener la enajenación y la desensibilización de un conjunto de problemas y carencias político-económicas en pié. Encima, dicho cuento pide aplausos.

Es así que Nosotros los Nobles (2013), del director primerizo Gaz Alazraki, grita voz en cuello su éxito en taquilla. ¿Éxito? Esa palabra obsoleta inventada en el siglo XIX por una cultura anglosajona aburrida, industrializante, que reinventó el esclavismo pero con ciclos mecanizados, mismos que convirtieron la vida humana en no más que una mercancía. ¿A quién se le ocurrió que para el cine, que para cualquier película sería importante cuánto dinero ha sacado de nuestros rotos bolsillos? ¿El dato es importante para el público? ¿Acaso una serie de números son elementos significantes para la experiencia artística que debería conectar las intenciones de un creador con una audiencia ávida de sensaciones? Por supuesto que no. La prensa infantil que cree que reseñar una película es mencionar la cantidad de pesos que un filme ha recaudado y no más, ha sido víctima de la “educación” que este tipo de creaciones promueve, y ha olvidado –claramente no lo sabe ni lo intuye, pero seamos amables e imaginemos que no es así– que el uso de esas cifras, es más, la mención de dicha relación comercial debe ser traída al discurso para cuestionarla, para criticar su razón de ser fuera de un ámbito mercadológico, para usarla en un tratado que pregunte qué es lo que significa, produce y causan esos dineros. En ningún momento para valorizar a algo tan sagrado (o más bien profano) como el cine.

No me malinterprete estimado lector, el que escribe esto no es ningún ingenuo. Existe una condición para que el cine se haga, vamos, para que casi cualquier cosa se lleve a cabo en nuestra devoradora actualidad de capitalismo en agonía. Para hacer cine se necesita dinero, y si no hay monedas de por medio, previas y posteriores (la respectiva ganancia), no hay forma de que una película comience o que se vuelva a hacer una. Sin embargo existen en la historia contemporánea un sin número de piezas fílmicas que han llegado hasta nuestros ojos sin un gasto económico mesurable; así mismo, el cine no ha dependido de participar en ese concepto tan vacío llamado “éxito de taquilla” para posicionarse como una construcción cultural significativa allende las latitudes y las décadas.

Claro que a los que editamos ésta revista digital que usted lee ahora, nos da gusto encontrar personajes que han encontrado una vocación de comerciantes y que han sabido llevarla a cabo de manera formidable. Me parece un gran logro reinterpretar un templo como si se tratara de un mini-supermercado y colocar un producto en dicho lugar, sin importar su necesidad ni su valor real, sin importar su calidad ni de qué objeto se trate (obviamente aquí, lo que menos importa es el cine). El hecho de que estos grandiosos vendedores, quienes trabajan para poder vender más y más, echándole encima a la producción que se oferta un grupo de comestibles nocivos, de carácter obligatoriamente costoso, puedan lograr estas ventas es de reconocerse.

La valía de obras como Nosotros los Nobles estriba en cómo la cinematografía puede no intentar ni proponer absolutamente nada en términos originalmente artísticos y de concientización (fin último y principal de toda obra humana), pero sí como mercancía (la que fuere, no importa). A final de cuentas, estas piezas están en el lugar en donde deben estar, se trata de “películas” que dependen del dinero para poder ser, para poder estar en el mundo, su paso por nuestras memorias es efímero y con fecha de caducidad; el cine verdaderamente importante se mantendrá en nuestras memorias hasta el fin de los días, pasará y de hecho pasa a formar parte de una historia/tradición/cultura más allá del embate del tiempo. Como decía un buen hippie, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

PD subversiva: no estaría mal sacar del templo, y a patadas, a los mercaderes.


14.04.13

Julio César Durán


@Jools_Duran
Filósofo, esteta, investigador e intento de cineasta. Después de estudiar filosofía y cine, y vagar de manera "ilegal" por el mundo, decide regresar a México-Tenochtitlan (su ciudad natal), para ofrecer sus servicios en las....ver perfil
Comentarios:
comentarios.
Comentar:
Nombre*

Email

Website

*