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Epilepsia Blanca
por Andrés Azzolina

Epilepsia blanca, el trabajo más reciente de Philippe Grandrieux es, si se quiere, una película de época. Sin embargo, es una época jamás retratada, innombrable, únicamente accesible a través del intelecto, pero que por otro lado, la humanidad puede constatar de su verosimilitud.

La película arranca con un cuerpo desnudo de espaldas, exactamente al centro del cuadro. No vemos la cabeza, ni siquiera su silueta, pero podemos distinguir que es un cuerpo femenino. Al moverse hacia un lado nos percatamos que el formato de la película es un rectángulo vertical, espacio que encapsula perfectamente al cuerpo, pero no permite ningún otro elemento presente. Al mismo tiempo escuchamos sonidos de un pantano. La banda sonora podría no ser diegética, pero sí es sincrónica, no con la acción, sino con la luz verdosa que ilumina únicamente al cuerpo desnudo, dejándonos claro que estamos ante una misteriosa pero armónica naturaleza nocturna.

El cuerpo empieza a tensar y mover músculos explorando distintas combinaciones, con un ritmo tranquilo, en sintonía con el espacio planteado entre luz y sonido. Vemos una transformación de la figura a través de los pliegues y lentamente comenzamos a perder la noción de estar ante un cuerpo humano. Escuchamos además la respiración de un animal impotente, mientras que el cuerpo se transforma en un orden dancístico. Entendemos que nuestros cuerpos pueden ser mucho más de lo que nos hemos convencido que son.

La imagen es poderosa para explicárnoslo: definitivamente esto que vemos es un ser de otro orden. El espectador se puede preguntar ¿cómo es que puedo perder la noción de humanidad ante la imagen si lo único que estoy viendo es un cuerpo humano? La respuesta puede estar en que estamos viendo un cuerpo “decapitado”.


La cabeza es la cumbre de la estructura corporal y el espacio en que se relacionan percepción e intelecto. Es decir, la cabeza es el reino del lenguaje. Desterremos al monarca de su reino y lo que nos queda es una posibilidad de combinaciones de textura, forma y movimiento.

Lo interesante es que el “cuerpo primigenio” se encuentra con un cuerpo humano. Un hombre visto de frente, con un rostro y un órgano sexual, pero estático, dormido. El primer cuerpo, que es movimiento y vitalidad en su forma más pura, rodea al segundo y lo despierta. Se acercan y parecen empezar un juego de cercanías y distancias en que el cuerpo primigenio le quiere enseñar al humano las posibilidades de existencia más allá de la razón.

Por un tiempo vemos un vaivén de los cuerpos, hasta que el humano finalmente deja de tener un rostro, se vuelve también él un cuerpo primigenio. Y es ahí cuando la película encuentra su mayor poética: los dos cuerpos se vuelven uno mismo, una primera variedad de posibilidades se fusiona con una segunda y resulta en una posibilidad infinita. Es ahí cuando entendemos que el cuerpo es potencia material: potencia de ser; posibilidad destructiva, creadora.

La capacidad visual de esta potencia material es sorprendente: la película nos presenta una zoología impensable a partir de las combinaciones de tensiones y movimientos de los dos cuerpos. Nos muestra claramente cómo la posibilidad de estructuras se dispara en extensión en cuanto abandonamos la razón.

Es ahí cuando entendemos que para contar al infinito es necesario olvidar los números. Philippe Grandrieux está filmando más allá de nuestra cognición, está retratando el infinito.

La dinámica entre cuerpos, el baile entre cercanías y distancias se vuelve cada vez más exacerbado, a momentos parecerían alejarse del todo, pero luego vuelven a la proximidad absoluta. A pesar de que en algún momento fueron hombre y mujer, no existe sexualidad porque dejaron de ser seres sexuados. O bien, existe una sexualidad absoluta por precisamente la misma razón.

Y en el momento en el que el baile se vuelve incontrolable, el primer cuerpo se desprende del segundo, alguna vez humano. Queda inerte en el suelo. El primer cuerpo se aleja hacia el fondo y lo único que vemos es el segundo cuerpo recostado sobre el pasto y las ramas.

Lo interesante es retomar el formato de rectángulo alargado que tiene la película, y la posición en que el segundo cuerpo quedó recostado. Es inevitable pensar en la obra póstuma del artista emblemático del siglo XX, Marcel Duchamp. Étant donnés (traducible como Lo que está dado) es una pieza que a primera vista es una puerta de madera antigua, pero que si nos acercamos a una pequeña grieta podemos ver la verdadera obra: un cuerpo femenino inerte y desnudo sobre ramas secas. El tamaño de imagen propuesto por la grieta es muy parecido al formato de la película, y la postura del cuerpo de ambas obras es exactamente igual. ¿Cuál es la relación entre estas dos obras? Dejémoslo al juicio del lector.

Pasamos a una siguiente toma en que finalmente vemos un rostro. Es una mujer que sigue sin parecernos humana, carece de una mirada que revele cognición. Tiene la boca manchada de sangre y la luz que la ilumina se va volviendo cada vez más brillante. Escuchamos un sonido amorfo, encapsulado. Definitivamente estamos en una zona de transición. Debe ser esta imagen la que le dé el nombre a la película. En este momento las formas ya están establecidas, pero todavía no podemos hablar de humanidad. Es la luz la que se va intensificando hasta el punto en el que todo se vuelve blanco. De cierta manera se está “dando a luz”.

Y finalmente vemos la cabeza de un hombre. Tiene la mirada perdida pero ya no nos queda duda de que es lo que es. Hemos perdido toda ambigüedad, y con ello, toda posibilidad de infinito. Estamos claramente ante la imagen del lenguaje, que no es más que la claridad de formas. La cabeza se mueve de derecha a izquierda del cuadro, en la parte superior. Es como un globo aerostático. Es sin duda el templo de la estructuración y de lo concreto. Con esta imagen termina la película y nosotros nos quedamos con las ganas de ser seres decapitados.

24.02.2012

Andrés Azzolina



Estudiante del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Hizo un corto a los quince años en el que actuaba como él mismo comiendo mermelada de una carreola en el bosque de Tlalpan. Sabe que nunca volverá a hacer algo tan bueno, pero no le molesta.....ver perfil
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