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Prometeo, ¿qué hemos hecho para merecer esto?

 

A reserva de que próximamente Scott nos vuelva a sorprender con precuelas inútiles pero taquilleras como Loca academia de Blade Runners o Infancia es destino: Frank Lucas, gangster desde prepri, aquí les presentamos un minucioso abordaje a la última producción del director británico, que se ha propuesto derribar su propia efigie de la más triste manera posible.

 

por Jurxdo Imamura

 

Prometeo, el titán de la mitología griega, robó el fuego a los Olímpicos para dárselo a los hombres. Literalmente, iluminó el camino de la humanidad, otorgándole el poder de conocer y cuestionar, ganándose un castigo brutal por hurtar la ciencia de los dioses. Encadenado en la cumbre del Cáucaso, Prometeo fue condenado a ser comido de las entrañas por un ave rapaz que lo asediaría cada noche de la eternidad.

 

En el Prometeo de Scott (2012) se juega con una comparación del mito griego, y el ímpetu militar (¡¿?!) de una raza de gigantes ancestrales quasi divinos que es castigada cuando su creatura-arma-de-destrucción-masiva se vuelca contra ellos, estropeándoles sus planes de reacomodo universal –puesto que ellos son los padres fundadores de la civilización humana y quién sabe de cuántas más y querían destruirla quién sabe por qué razones.

El famoso Alien (dicha arma-de-destrucción…) será el ave rapaz que destroce desde las vísceras los cuerpos de los soberbios sabedores de la ciencia divina. Así más o menos se sostiene una película que fuera del diseño de interiores pulcrísimos y, por ende, de huevísima estéril no tiene ninguna razón de ser ni en la filmografía de Scott (siempre de sube y baja), ni en la franquicia del monstruo interplanetario, que hasta con Batman ha medido sus fuerzas.

El filme entero es una especie de sinsentido comercial muy cercano a un tráiler de videojuego que puede estar cocinándose ya. El director británico, después de arriesgarse y producir un documental realizado por hartos usuarios de youtube (Life in a Day, 2011), llega ahora a las salas comerciales dispuesto a aplastar su propia obra a partir de la ciencia ficción cristianizada: con Prometeo (2012) destruye todo lo que catapultó su carrera fílmica, sin mencionar que mancilla el culto mismo que lo llevó a ser un cineasta reconocido.

Por un lado, deshace –explicándonoslo, como el idiota de Lucas hizo con su guerra galáctica– el misterio sobre el monstruo metálico cyberpunk que había sido Alien hasta esta semana, pero por otro (y esto sí es imperdonable), destruye –desarrollándolo a expensas del pobre Philip K. Dick, que ni culpa tendría– el mito de la nostalgia de los replicantes del exquisito futuro ruinoso de Blade Runner (1982).

La decepción (a niveles extradiegéticos, sobre todo) es un motor de la película, ya que desde el inicio vemos a uno de los seres ancestrales quasi divinos, extraterrestres responsables de la aparición de la humanidad, llamados para no exagerar “ingenieros”, que deliberadamente (aunque no queda del todo claro) descompone su sustancia, dando paso a la reconstrucción de su cadena proteínica hacia la formación ¿accidental? del ácido desoxirribonucleico humano, en una de las secuencias animadas más impresionantes de toda la película; todo lo que pensábamos podría pasar después de Tintín (2011), está presente, toda vez que desde los primeros cinco minutos, Scott y sus guionistas nos dan la respuesta que los protagonistas del filme buscan más allá de las estrellas, y nos muestran el total abandono de nuestro “creador” para con nosotros los pobrecitos humanos.

A partir de una hipótesis por demás ingenua, digna de la mejor serie B de los años 40 o de la iglesia “párele de sufrir”, la corporación Weyland gasta una fortuna incalculable buscando a la civilización que impulsó la vida inteligente en la Tierra (¡¿?!). Una serie de muchos personajes inverosímiles y poco preparados para ser un equipazo preparado (ja), aunado a tres o cuatro científicos obtusos en los albores del siglo XXII, problematizan al guión, más preocupado por construir una historia hecha con base en vistas espectaculares retocadas por miles de operadores de computadoras, que por el perfil de los protagonistas, quienes aparecen sin objetivos dramáticos ni personalidad, pero que comienzan a crear conflictos telenoveleros sin poder darnos tiempo de tener empatía con ellos. A Spaihts y Lindelof ahora se les conocerá por ser malos guionistas.

El horrendo guión de Prometeo nos lleva saltando de personajes en personajes, posicionando a los dos biólogos principales como unos niños odiosos, que cometen error tras error hasta la muerte de uno y el escape de otra, a los que se suman una serie de sujetos totalmente prescindibles que llegan a ser simples objetos de utilería, que intentan ser importantes para el argumento, y tres actorazos absolutamente desperdiciados.

CharlizeTheron, intento de femme fatal que se pierde en una historia sosa y muere sin dejarnos saber qué quería su personaje; Guy Pierce, en su papel de momia azteca/Howard Hughes eternizándose nomás porque sí, con kilos de maquillaje encima, menos que suficiente; y el siempre maravilloso Michael Fassbender, ¡un replicante cinéfilo!, que no obstante su relegación a favor de nada, se lleva la película entre homenajes licuados a 2001, Odisea del espacio (1968), Alien y Blade Runner y Lawrence de Arabia (1962), pero que al final queda peor que todos los demás personajes, aniquilado (dramáticamente) por una edición que prefirió correr hacia marcianos gigantes que permitirnos conocer los motivos y psique de este interesantísimo robot.

Entre homenajes a la ciencia ficción de los años 60 y 70, con escenografías que mal usaron el trabajo del maestro H. R. Giger, artista plástico suizo que ideó al alien original, y que prefieren retomar la estética de centro comercial, Prometeo decepciona a los fans que habían creado expectativas más allá de las respuestas obvias y fáciles que están al servicio de panorámicas increíbles y punto, como si de verdad se tratara de un documental de la vida en otros mundos que nada le debiera a Eric von Däniken y Harald Reinl (La nave de los dioses, 1970) o al recién finado Bradbury.

El filme sin duda es espectacular, aunque los efectos especiales dejan mucho qué desear cuando interviene el mundo del CGI, pero en fin. La fotografía es impresionante, para verse en pantalla grande. Y estos dos elementos son un síntoma en la filmografía completa de Scott, un autor preciosista a quien le ha interesado mantener una fina estilización formal en sus piezas, muchas veces dejando como legado una serie de argumentos vacíos y simplones [véase Leyenda (1985), G.I. Jane (1997), Hannibal (2001), o La Caída del Halcón Negro (2001), además de las ya antes citadas en el texto, para abrir boca].

Prometeo con todo y los millones de dólares que gastó (y que probablemente no va a recuperar, aún con creces) es un filme prescindible dentro del género, superfluo a la hora de hablar de aquel asesino perfecto que concibió Giger como una respuesta a las perversiones de la moda del cuero y los anteojos negros de los 70, y un desperdicio en general del talento de un realizador que se produce a sí mismo, y que con cada paso que da en su carrera (cosa generacional), se diluye en la historia del cine, envejeciendo autoralmente, mordiendo el polvo de una industria a la que ya nada le debe, aparentemente.

 

20.06.12



Jurxdo Imamura


Ensayista de cine de mediana edad, japomex atrapado en el movimiento moderno del siglo pasado, corresponsal fílmico y miembro activo de la IFCA, Sociedad Internacional de Críticos Cinematográficos.....ver perfil
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