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Coco, Dante y llanto

por Alan Pérez-Medrano

 

¡Pinches gringos, la supieron hacer! Será a causa de la víspera navideña o quizá nada más de puro chipil que prefiero hacer la crónica de un berrinche que una crítica berrinchuda.  

Primera tirada al piso

Comencemos con el negociazo de la fecha de estreno del largometraje en México ¡Con premier de gala en Bellas Artes! Quizás si no fuera Disney no habría escándalo, quizás en el fondo no lo haya, pero no queda duda de que era cuatro de noviembre y los cines abarrotados de familias e infantes estirando el día de muertos, en la curiosidad de ver de quién es la calaverita, en pantalla o en los vasos de los combos.

−¡Para Coco ya nada más quedan a las 11 de la noche!

Y ante tanta espera y tanto “escuincle” me perdí la primera parte del filme. Agarré asiento por ahí de la primera mitad, descubriendo una película terriblemente bien hecha, una trama inteligente que se dejaba seguir incluso ya empezada, bien documentada, con detalles y manufactura de excelente calidad.

Durante el viaje del niño protagonista, Miguel, por la ciudad de los muertos, se reparte una tanda de ganchos a la curiosidad con su respectiva cajita de endorfinas. Luego, poco a poco, lagrimales chilangos. La dosis fue letal para la familia mexicana: el mimo de México (¡Ahí está el Cantinflas!), el enmascarado de Plata (¡A güevo, el Santo!), Pedro Infante (a parte del gran parecido con el mariachi-star del filme, Ernesto de la Cruz), los “malviajes” de Frida, Rivera, alebrijes, algo de Pátzcuaro y mucho más del pueblito de nuestros clichés.

En resumen: emoción y molestia a un tiempo. En quince de septiembre, daba igual; pero en dos de noviembre, no. ¡No me toquen ese vals! Y es que, los que más o los que menos, todos tuvimos abuela y hemos esperado –coloreados de mandarinas, de cempasúchiles y medias luces– a los nuestros. ¡Chillones a granel! Se siente a conciencia, pero que Disney te haga llorar es como si Estados Unidos te calificara al mundial empatando a cero.

En fin, berrinchudo se queda uno entre las muchas luces y las rebuscadas sombras de Coco; entre las anagnórisis muy bien medidas y el inevitable saborcito disneylandioso, por ejemplo, de la música que si bien como temática es más que efectiva, en su ejecución no falla al formato industrial –baste recordar “La Llorona” ejecutada a la Gloria Estefan, de veras para llorar–. Era de esperarse, pero no lo eran tantas “fugitivas  sampedranas”. ¿Será normal?

Segunda caída

Hace un par de días, no pude resistirme a ver de nuevo o, más bien, de nuevo desde el comienzo Coco: Lebendiger als das Leben! (Coco: más vivaz que la vida, se llama acá, en suelo teutón) de reciente estreno prenavideño. La espera volvió, esta vez no a causa de las salas abarrotadas (¡no éramos más de 15 en un cine de 30 butacas!), sino porque esta vez la gracia de Pixar fue abrir la función con un eterno e insufrible cortometraje: Die Eiskönigin: Olaf taut auf  (La princesa de hielo: Olaf se derrite), soportado durante 20 largos minutos por el público. Un largo comercial navideño de Coca Cola con princesas de Disney cantando cada 30 segundos.

Al fin comenzó Coco sorprendiendo con un redondo preámbulo narrativo de animación en cuadros de papel picado. ¡Bravo, Pixar! por repetir la dosis narrativa que ya había probado su efectividad con Up, una aventura de altura (Docter, Peterson, 2009). Así el público berlinés fue entrando en calor (lo que en estos días no es poca cosa), quedando listo para los posteriores embates a la lengua procurados por un doblaje “campechano” que dejó correr modismos típicos mexicanos que fueron repetidos emotivamente por los no hispanoparlantes pero sí mexicanofilos: ¡Ámonos!, ¡De la Crucito!, ¡Soy un poquito loco!, ¿M’ijo? (Was heißst das? -Mein Sohn!... Ach so!).

De este modo se mantuvo un ritmo sabroso, remediando el hecho inevitable de que varias de las referencias culturales (la sabrosa y disfrutada botana de las salas mexicanas) pasaran desapercibidas. Funcionó, pues, y probablemente este no es mérito total de Pixar y sea cosa del mundo globalizado. ¡Ay, de los pecados del licuado cultural! Por ejemplo, el nombre de la mascota del protagonista: el perro Dante (¡para las pulgas Boccaccio, de Virgilio y uno que otro Lazarillo!), personaje con el que “metieron las cuatro”, aun acertando en la ancestral misión mesoamericana del xoloitzcuintle, raza a la que pertenece nuestro animado canino.

¿Podría ser “Pepita” (el Alebrije y mascota de Mama Imelda, tatarabuela de Miguel), pariente de aquel monstruote Gerión? ¡Aquel que sirviera igualmente de transporte para otros dos en otra escena similar en Inferno XVII (Alighieri, 1313 c. a.)! Lo más probable es que no, ¿y no son el viaje de Miguel y el de Dante (el toscano y no el perro, se entiende) un viaje que implica el retomar la dritta via smarrita? ¿No es el viaje de Miguel también un viaje con ejemplares escenas de piedad y de castigo, de amor y de traición, de finta amistad y de verdadera? Este según yo es uno de los más grande aciertos de la película, los sentimientos fueron presentados de un modo mucho más complejo de lo que Disney, por lo general, hace.

Tuve la impresión de que el público en ambas salas así lo percibió en dos momentos. Escena 1: Miguel necesita una guitarra para continuar su viaje en el inframundo, el posible fiador se niega con hastío y amargura pero ante la inminencia de ser olvidado y desaparecer para siempre, ruega por una última canción. Calladas las ultimas notas y después del último trago en su honor, el alma es olvidada y al fin desaparece (Ohhh nein!/¡No mames!).

En otro momento será la traición, otras tantas notas musicales y un trago a orquestar otra escena que conmovió a ambas salas (¡No ma…! ¡Pinche culero!/Ach du Arschloch!). Si bien el mundo de Coco es muy pequeño para la Commedia, dos que tres personajes y escenas del largometraje, queriéndolo, podrían caber. En conclusión, en el filme la cuestión no sólo va del día de muertos, de la mexicanidad, de las gringadas, de la familia y la amistad, sino se trata de una conmovedora, efectiva y oportuna (por no decir oportunista) mezcla de todo en una historia bien contada que dejó en claro que los machos siempre lloran, pero también las güeras saben, cómo de que no.

 

18.12.17

Corresponsal Alan Pérez-Medrano


Realiza estudios en Berlín con la firme intención de doctorarse con un proyecto que pretende alternar teorías ortodoxas rusas de corte cristiano y endecasílabos albureros en toscano antiguo. Entró al cine de la mano de Chavela Vargas y un pinche chango, calcula salir bien librado de ahí.....ver perfil
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