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Trainspotting 2

 

por Daniel Valdez Puertos

Si no fuiste un auténtico fan de Trainspotting, entonces estás muy lejos de disfrutar Trainspotting 2. Pues si cuando Trainspotting (Boyle,1996) se cruzó en tu camino no te volviste un admirador de rockstars como Iggy Pop, Lou Reed y David Bowie y nunca compraste las re-ediciones de sus discos en vinyl que editaron de nuevo en los 90 y 2000 debido al gran éxito del soundtrack de la película; y no llegaste a convertirte en un semidrogadicto o consumidor empedernido de sustancias tóxicas (desde el tabaco, alcohol, marihuana, cocaína, pastillas ((raiboles, anfetas, rivotril)) MDMA, LSD, peyote, hongos alucinógenos, semillas de la virgen y/o fantaseabas con inyectarte heroína y que incluso llegaste a hacerlo y moriste en el viaje) ya fuera porque querías escapar, huir, desconectarte de tu realidad más concreta, o buscabas más bien un vínculo social al creer que había algo así como una afinidad generacional, un sentido de pertenencia, una búsqueda de identidad en medio de ese culto a las drogas. Pues las drogas, así como había pasado ya hace mucho tiempo, era un elemento central que convocaba, unía, cohesionaba, de alguna forma; ya fuera en tu vecindario, en las fiestas, en los raves, o en los conciertos masivos, pero también en tu escuela, y recuerdas cuando a tus catorce años tenías los arrestos, la heroica insolencia, de fumar marihuana en el taller de artes plásticas de tu secundara pública para poder pintar más chido. Y entonces te das cuenta de que construiste tu personalidad a partir de ese conjunto de estímulos, esa música, esas visiones, esos alientos que marcaban el ritmo frenético que acompaña la muerte de un siglo y el nacimiento de otra Era; y entonces haces grandes decisiones como estudiar literatura para lograr explicarte el panorama de tu experiencia, y no sabías que en realidad eso no conduciría a nada. Porque la situación era más compleja, era crítica y tu generación nació en plena crisis. Porque hace veinte años pasaron cosas realmente importantes en el ámbito económico que se reflejó en la producción cultural de forma global, en donde lo pop y la sofisticación cohabitaban como dos alternativas al alcance, pues tanto en la televisión abierta y el radio se transmitían emisiones de un alto sentido crítico, subversivo, fresco y experimental. Pero ensimismado en tu confusión no te podías dar cuenta del fenómeno. De que el elemento central no era tanto la literatura, ni la música, ni cómo te vestías, ni lo que consumías; de que la búsqueda de identidad, las respuestas y las decisiones estaban en el cine mismo. Elephant in the room, y no te habías percatado que siempre estuvo frente a ti. Pues entonces si no te rebasó el Zeitgeist de Trainspotting desde la subjetividad poética y el imaginario colectivo, no te va a gustar Trainspotting 2.  

La secuela:T2

Si viste Trainspotting 2 y no sentiste palpitar en tu interior al otrora tú de hace veinte años para sentir la dimensión temporal de todos los cambios que implican dos décadas de diferencia, “el mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando, incluso hombres y mujeres están cambiando” y el cine está cambiando, la crítica de cine también está cambiando, el internet y las páginas están cambiando; entonces no percibiste la totalidad  del significado que tiene la escena inicial de esta película (que conecta de la forma más perfecta para una secuela, pues comienza igual que como empieza su antecesora, así como escenas del final): Renton ahora, en vez de huir sobre las callejuelas de Edimburgo, corre sobre una banda infinita haciendo cardio.

Por lo que si no te conectaste con tu otro yo de hace veinte años que persiste renegando en tu inconsciente, muy probablemente no podrás reparar en el por qué tus preocupaciones ahora son comer sanamente, hacer ejercicio, tener Facebook, Twitter, Instagram y Whatsapp, ser cauteloso con lo que publicas en tus redes, pues no vaya a ser un texto comprometedor, tanto o más cursi como ese rollo que Renton (de cuarenta y seis años ya) le avienta a la chica búlgara en el restaurante para ligársela. O como este mismo texto que ahora lees. Pero sobre todo, darte cuenta en que el cine, eso que siempre estuvo en el centro, es el más grande estafador del siglo XX, que es un maravilloso y vil mentiroso, un falsificador de la realidad, la nueva caverna de Platón por la que muchos fuimos embaucados. Idéntica en la que habita el autorecluído Spud, en su infierno interior de drogadicto permanente; pues urge decir que el cine es una influencia nociva, un documento cultural intoxicante al seducirte con sus mecanismos miméticos una síntesis de la vida y una estetización, o sublimación, de las experiencias mundanas.

Esto está expuesto en nota de clave cuando Renton le recomiende a Spud que sólo debe cambiar de adicción, y que el mismo Renton es realmente un adicto a la huída, al escape, a la fuga, a la sacudida que implica desconectarte de tu realidad concreta, a la interrupción del flujo, es decir; y es en este punto específico donde hay toda una tesis sobre el artificio del cine: es fuga, una huída, una escapatoria hacia otro mundo quizá mejor, peor o sencillamente diferente. Como el pensar que inyectarte heroína sea un acto político de la reivindicación del yo en medio de la decepcionante realidad. Como el que introducirte cualquier sustancia que te aliene del plano de lo real sea parte de un anarquismo nihilista cuando en verdad es un mero narcicismo onanista sin dimensionar la fatalidad de sus consecuencias, y caer en la ilusión de que en una sobredosis lo peor que podría haber pasado es sumergirte en una larga alfombra roja mientras de fondo Lou Reed canta una bella canción. Para esto conviene incluir una fabulosa cita de Jean -Louise Déotte que viene perfecta:

“Hemos visto que en Walter Benjamín hay secretamente una filosofía de la emancipación, un hilo rojo. Sobre el plano de la expresión, se distinguirán épocas de la literatura como se habían distinguido épocas de la imagen, partiendo siempre de una época originaria o de un estadio de la dominación por la naturaleza: el mito corresponde a la fantasmagoría de las imágenes de la cual puede hacerse la experiencia gracias a las drogas. Lo que es común a ambas es el hechizo, el embrujamiento: la repetición de lo mismo, el eterno retorno en el caso del mito, la absorción en una ensoñación colectiva perfectamente alienante en el caso de las imágenes.” [1]

Pues en realidad el cine nunca muestra las cosas en toda su complejidad. No puede nunca ser un referente de la realidad. Porque no es lo mismo ser un junkie del primer mundo buceando en el baño más asqueroso de Edimburgo que ser un drogadicto del tercer mundo. Menos aún cuando te das cuenta que para obtener tu porrito de marihuana posiblemente un gran número de gente murió acribillada por el sistema del narcotráfico.

Y es que aquí los juegos teóricos entre cine, literatura, cine metanarrativo, intertextualidad y realidad, son excelentes en esta secuela. Pues es bien claro que en la literatura este mecanismo de mímesis y seducción no genera tanta toxicidad o alienación de la realidad, debido a que depende en gran medida de las facultades imaginativas del lector y su cultura previa. Es decir, en la literatura uno se está más en el plano de la cognición, más que la sensación, que es el plano del cine. Por eso no es gratuito que Spud, el más podrido de todos, se convierta en escritor para salir de la adicción. Spud se convierte así en el demiurgo de toda la trama, la misma que en ese preciso momento vemos y la que nos ha convocado. Spud es quien decidirá la fortuna de los personajes a partir de su puño y letra. Fabricando una realidad que se recrea. Que se convierte en un loop. Una puesta en abismo, es decir la vida en el abismo.  Pues desea salir a la luz, congratularse con la luz (con el cine, el cinematógrafo, como lenguaje de la luz y es aquí donde Irvine Wellsh habla de si mismo a través de Spud, haciendo de Trainspotting 2 un uróboro perfecto). Se trata, al final de cuentas de una película conmemorativa. Una secuela que hace homenaje constantemente a su antecesora. Película dirigida a nostálgicos post-junkies que intentan reponerse de la gran resaca de hace veinte años. Asi que si no te gustó Trainspotting 2, no eres un sobreviviente del vertiginoso estado de las cosas del siglo anterior, pero que por tanto, el cine no te ha entrado en las venas y quizá esa fue tu mejor elección.

20. 03. 2017

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Jean-Louis Déotte, “Theodor W. Adorno: el Cine y el nosotros”, en La época de los aparatos (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2013), pp. 249-274.



Daniel Valdez Puertos


@Tuittiritero

Textoservidor. Lic. en Técnicas de la alusión con especialidad en Historia de lo no verídico. UNAM generación XY. Editor en Jefe y cofundador de la revista F.I.L.M.E. Fabricante de words, Times New Roman, 12 puntos. Es....ver perfil

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