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Whiplash, música y obsesión

por Iranyela López

 

No hay arte que descubra en el rostro la construcción del alma

William Sahkespeare, Macbeth, act. I. esc. IV

Conquistar el mundo mediante la exquisitez artística, la solidez de la condensada perfección, encubre un violento y a veces dulce río rítmico, oscuro y relampagueante conflicto, más existencial que artístico.

Whiplash, música y obsesión, ganadora del Premio del Público y como Mejor Película en el Festival de Cine de Sundance 2014 del joven guionista y director Damien Chazelle (1985), es una película jazz-hot que tiende al vibrato y el ataque de notas con un sonido que secciona partituras con instrumentos afilados como cuchillos al ritmo de los latigazos (whip: látigo | slash: cortador, rasguño) de su imperioso director de orquesta Terence Fletcher (J. K. Simmons), quien busca empujar a sus estudiantes más allá de sus límites.

Un director que perfora con su pulso y sus matices corporales la burbuja sensible de sus músicos, y particularmente en la historia de Andrew Neyman (Miles Teller), comprometido y talentoso estudiante de batería de 19 años, que cursa el primer semestre de licenciatura en la prestigiosa universidad Shaffer en Manhattan.

La pequeña familia de Andrew, él y su padre, van consecutivamente al cine. Pese al cariño y la buena relación que se tienen, ni él ni los esporádicos parientes que los visitan, comprenden la exigencia y trabajo que determina ser un músico, que se contrapone completamente a la imagen común que se tiene socialmente de lo que es la vida de un intérprete. En este sentido afectivo, Neyman quien también vive un rechazo entre sus compañeros de escuela, busca la legitimación del entonces mejor director de orquesta de la escuela, asegurando con ello su atuendo de virtuosísimo baterista y una célebre y exitosa audición con representantes de la Lincoln Orchestra.  

Whiplash nos habla del miedo de no ser quien se sueña que se es. Neyman convierte su miedo en un vulnerable entorno fóbico con el que Fletcher opera sin lío alguno, llevando su mordacidad corrosiva a niveles indignos que se prenden de cualquier motivo: para que Neyman pueda llegar a ser el Buddy Rich de su época, o un Charlie Parker (al que reiterativamente Fletcher se refiere con la anécdota de cuando Jo Jones casi lo decapita al lanzarle un platillo de batería en pleno escenario, por no entrar correctamente al desafío cadencioso del jazz) las rabias y llantos deben implicar un esfuerzo superior; así, la lección del maestro enseña que adular a las personas es sinónimo de fracaso y mediocridad.

La imagen se ve envuelta en un aire fotográfico en tonos cálidos amarillentos y suaves azul-verdosos, que como armadura coloca los bemoles y sostenidos de esta historia mediante la iluminación, en donde la velocidad de la cámara se ejecuta como una pieza musical que se “sostiene” y se “acelera” entre planos cerrados y travellings retenidos con la tendencia desafiante de enfrentar, perseverantemente, al pávido joven baterista con los azules ojos-daga del director Fletcher.

Una cámara dinámica que incrementa y disminuye sus matices entre un pausado y detallista encuadre, que centra silenciosamente su mirada en ciertos aspectos como son la sangre brotando de la mano de Neyman, luego de los extenuantes ensayos o el close up de los saxofononistas mojando sus cañas poco antes de comenzar a tocar. Y un incremento gradual de la cámara, que mediante cambios bruscos y veloces movimientos acentúa en insertos macro de fragmentos de partituras, sudor, el feeling y la intensidad de la música en los momentos en que suena la orquesta.

Whiplash es un filme que modula el tono emocional de sus personajes. Inicia en un tono y termina en otro sin que esto pueda adivinarse. Además, en el desconcierto psicológico de Neyman, hay confrontación y rebeldía, que la diferencia de otras películas de temática semejantes como Cisne negro (Aronofsky, 2010) y La invisible (Schwochow, 2011), en donde sus personajes también inmersos en el mundo del arte son dominados y desleídos de su autenticidad.

Este filme, en medio de su fraseo, musical plantea, finalmente, una duda: ¿hasta qué punto la exigencia  y la humillación por parte de los tutores es equivalente de éxito en las artes o en cualquier otra profesión?

 

22.01.15



Iranyela López


@Iranyela
Meliflua, desorientada, cloroformizada con la polifonía de las palabras, el aullido del sonido y la hilaridad de los sentidos. Su andar se guía con el trazo cartográfico de sus retinas hacia un punto de fuga.....ver perfil
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