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Mommy: asesinar a los ídolos

por Jesús Hernández Olivas

 

Se piensa, por una inercia cultural hacia el respeto, que edificar altares es una tarea minuciosa y revestida de solemnidad; sin embargo, para quien busca una individualidad creativa, humana, única e intransferible, es necesario derribar, una piedra a la vez, los santuarios dedicados a esas figuras que parecen intocables por su renombre: los ídolos.

A sus escasos 25 años de edad, el cineasta canadiense Xavier Dolan cuenta con una trayectoria por demás apabullante que ha forjado a partir de una reacia labor de derribar, precisamente, los altares que él mismo construyó alguna vez en honor a la cinematografía. Esto último resulta inquietante para muchos, por decir lo menos; detestable, por decir lo más, pues Dolan, bien parecido, inteligente y de personalidad abiertamente cínica, se pavonea de su malicia y genio, lo mismo en un festival de cine recibiendo un galardón o al día siguiente en una sesión fotográfica para la revista Vogue. Y es que para muchos, los más envidiosos (suponemos), el canadiense ya ha sido laureado hasta el hartazgo por la crítica especializada.

No culpo a quien lo deteste, incluso podría apostar que Xavier Dolan, haciendo honor a la etiqueta de enfant terrible que le han colgado los que no se atreven a hacer lo que él, disfruta de esos detractores y acaso lo impulsan a retar cada vez más los cánones de la cinematografía, sin remordimiento alguno y quizá con algunos buenos argumentos en su favor, justo como lo hizo en Tom en el granero (2013) donde además de adaptar el guión, se dirigió a sí mismo para crear un incendiario tributo al mejor Hitchcock, pero en clave queer. Fue su manera de asesinar una silueta rechoncha.

En su más reciente filme, Mommy (2014), Dolan demuestra por qué es uno de los cineastas más provocadores de la actualidad, en el mejor sentido del verbo provocar, ya que la búsqueda que emprende el canadiense hacia un estilo propio —que en todo caso lo convertiría en otro ídolo por derribar en un futuro está dictada por impactar en las emociones más escondidas de sus espectadores: provocarles el llanto, la angustia o la sonrisa amplia mediante una empatía irremediable con sus personajes.

Mommy cuenta la historia de Steve (Antoine-Olivier Pilon), un adolescente que, debido al trastorno de oposición desafiante que sufre, resulta sumamente problemático para quienes lo rodean, en especial para su madre Diane (Anne Dorval), viuda de mediana edad y con inestabilidad tanto económica como emocional. Ambos conocen a la tímida vecina Kyla (Suzanne Clément), quien sufre problemas del lenguaje derivados de un trauma reciente en su familia, del cual obtenemos en realidad poca, pero relevante información. Poco a poco surge el entendimiento entre los tres para apoyarse y complementarse para enfrentar un contexto que parece juzgarlos, rechazarlos y en última instancia condenarlos por la condición que cada uno sufre.

Para su filmación, Dolan recurrió a un formato de ratio o relación de aspecto de 1:1, es decir que el espectador verá un cuadro en pantalla y no una panorámica amplia. Esto no es un mero capricho, sino una herramienta cinematográfica que le permite centrar la atención en los personajes, su psicología y el desarrollo dramático a lo largo de la historia. El formato cumple una segunda función narrativa al representar visualmente la claustrofobia que sufren los personajes, como muestra de una impotencia que se reduce a un pequeño encuadre del que acaso no podrán salir fácilmente sin apoyarse unos a otros.

Como si se tratara de una fotografía enmarcada y en movimiento, puesta sobre la chimenea de una familia o en la mesa de centro de la estancia, el director canadiense refuerza esta nostalgia hacia el pasado con una banda sonora orientada a la memoria noventera, quizá porque es la música y la cultura con la que el director creció, incluido la referencia a Macaulay Culkin y Mi pobre angelito (Columbus, 1990). Con base en lo anterior y sin olvidar la personalidad del personaje Steve —espejo necesario para Dolan— no es absurdo pensar en una película con guiños autobiográficos.

Estamos pues ante un formato inédito de cinematografía, que por simple atrevimiento y desenvoltura resulta en un ejercicio de libertad creativa. El mismo Xavier Dolan en alguna de sus entrevistas recordaba a sus directores franceses favoritos, aquellos outsiders de la imaginación narrativa y visual imperante y etiquetados bajo la nouvelle vague; pero al preguntársele cuáles son los elementos que retoma de ellos, el canadiense responde pronto y altivo: “Ninguno, nada de ellos”, dejando en claro que la libertad es su bandera, se deslinda de toda corriente o etiqueta y no está dispuesto a dar concesiones ante expectativas mediáticas que puedan frenar el ascenso vertiginoso que vive justo ahora. Dolan tiene la mirada de quien sabe exactamente lo que quiere, pero su secreto es no compartirlo con los demás, excepto en pequeñas dosis de genialidad.

En Mommy, el director quebequense desafía a esos ídolos de la vanguardia francesa sesentera mediante el idioma francés que elige para contextualizar a sus personajes: es diametralmente opuesto al galo; este último, impregnado por la cursilería y la inercia cultural, es un souvenir o curiosidad más para los turistas que viajan a París; el francés que hablan Steve y Diane en el filme es sucio y corrosivo, directo de los suburbios canadienses e influenciado por lo más socialmente vulgar del inglés vecino. Para el director canadiense es así una forma más de ensuciar y refutar esa escuela francesa de la que abrevó en su desarrollo profesional como cineasta.

El joven director ha hecho en unos cuantos años lo que a otros les toma, en ocasiones, toda una vida. Desde temprana edad se dio cuenta que más allá de rendir un simple tributo a sus influencias, necesitaba refutarlas de alguna forma y encontró un camino cuando se decidió a desarrollar un lenguaje propio, que si bien podemos afirmar que aún no es fácilmente reconocible, se intuyen rasgos y provocaciones diversas que desembocarán muy pronto en un estilo. Los filmes de Dolan son carnadas para que el espectador caiga rendido ante el encanto de este niño mal portado y problemático que gusta de prender fuego a los ídolos.

 

26.12.14



Jesús Hernández Olivas


@_Otro_
Jesús Hernández Olivas (Chihuahua, 1984). Autor de la colección de relatos La sonrisa de la jauría (Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua, 2014). Escribe textos sobre literatura, música y cine en varias publicaciones nacio....ver perfil
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