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True Detective parte I


por Julio César Durán

 

Durante los primeros meses del presente 2014 una breve serie irrumpió entre la marejada de contenidos que la caja idiota (sea vía transmisión tradicional, cable o internet) arrojaba a los espectadores. En medio del boom de algunas series baratas y otras de culto, True Detective, drama televisivo descrito como neo noir, se alzó, con tan sólo 8 episodios, como uno de los programas más elaborados y emocionantes que se han podido ver en tiempos recientes.

Vamos a los datos duros. La primera temporada de esta serie de misterio mantiene una unidad y consistencia de estilo que poco se ve hoy en día, ¿por qué? True Detective es desarrollada, co-producida y escrita en su totalidad por un mismo autor: Nic Pizzolatto. El célebre escritor joven norteamericano (tiene a la fecha 38 años) de novela negra, quien ha sido publicado y galardonado no sólo en su país sino también en lugares como Francia, Alemania, Rusia, Brasil, España, Portugal, inclusive en Hong Kong y los países árabes, realiza su primer obra para televisión, la cual logró vender a HBO y para la que contó con un único director, el también joven realizador, Cary Joji Fukunaga (Sin nombre, 2009); un sólo cinefotógrafo, Adam Arkapaw (Lore, 2012), y finalmente, 3 encargados del montaje, en diversos capítulos: Alex Hall (El mensajero, 2009), Affonso Gonçalves (Una niña maravillosa, 2012) y Meg Reticker (Pray the Devil Back to Hell, 2008). Estas manos orquestan la historia de una pareja de policías estatales de la división de homicidios que, entre saltos de tiempo, nos contarán su persecución por un asesino serial en la decadente Louisiana –específicamente la zona de Lake Charles, donde Pizzolatto creció– de 1995, 2002 y 2012.

Con True Detective tenemos una mezcla de dos lenguajes distintos. A ratos se antoja como una novela negra inspirada en la más sórdida narrativa sobre crimen, y a ratos parece un extenso filme de misterio que simplemente toma al cine de género como un pretexto para componer una radiografía psicológico-dramática. Ambos casos convergen en el formato televisivo resultando en una obra de 8 horas que nos propone a dos personajes atípicos bajo la piel de los estereotipos “policía rudo y policía cerebral”.

 

The Long Bright Dark / Seeing Things

No me hables de blasfemia; yo golpearía al mismo sol si me insultara, porque si el sol pudiera hacer eso, entonces yo podría hacer lo otro...

Capitán Ahab en Moby Dick (Melville, 1851).

 

Por un lado tenemos a Marty (Woody Harrelson), el policía de siempre: agresivo, fuerte, familiar, un tanto despreocupado, ligeramente alcohólico y por supuesto, explosivo. Por otro tenemos a Rust (Matthew McConaughey), el agente de la ley que realmente desarrolla investigación, metódico, preocupado por los detalles, solitario, melancólico, inteligente. Polos opuestos que, tras meses juntos, comienzan a acercarse hasta el momento en que se enfrentan con el homicidio ritual de una joven identificada como Dora Lange. A partir de ahí, a lo largo de 17 años, sus vidas, tanto laborales como personales, se verán referidas y trazadas por el caso que se va volviendo cada vez, de manera exponencial, más tétrico y complejo.

Tanto Marty como Rust son estereotipos pero únicamente en la superficie, estos personajes –y esa es una de las grandes virtudes, en diversos aspectos, de la serie– despegan y se desarrollan desde un cliché, evadiéndolo siempre. La extensa oscuridad brillante es un gran motivo que nombra a la presentación, al primer capítulo (más que televisivo, se antoja novelístico), de toda esta épica.

Obviamente True Detective, con sus trazos de cine y literatura negra, establece la línea sórdida de tema criminal en la que está inscrito, pero vamos, el asesinato que promete como parte de un acto ritual/serial, es únicamente la atractiva (y si me permiten, lograda) forma de un discurso más elaborado que intenta definir a dos perfiles inverosímiles en el mundo policiaco. Rust, por un lado, se asemeja a Ahab en sus maneras e intenciones, él mismo menciona que incluso desafiaría al cielo si no le gustara su azul; se trata de un personaje intelectual, demasiado pretencioso con su habla y pesadamente lírico [¿se acuerdan del Frank Black de Millenium (1996)?] que pone sobre la mesa la imposible cacería por el mal en sí de Melville, que deviene en una mera acción con sentido aparente como evasión de la inmovilidad, condición a la que el ser humano está sujeto. Marty, por su parte, se nota más simple, sin embargo define muy bien un síntoma norteamericano o quizás occidental, que es la intención de paternalismo sin ningún control sobre nada; él mismo se expresa como un policía rudo [cerca del Elliot Stabler de La Ley y el Orden: UVE (1999)] e irónicamente menciona los atributos que ostenta, o intenta ostentar, en el interrogatorio: todos encajan en alguna categoría de policía –le dice a la cámara–, el matón, el encantador, el padre, el que tiene una rabia incontrolable, el cerebro. Justo él no es el héroe pero sí una especie de guía.

Los primeros episodios tienen más planos de establecimiento que cualquiera de los seis restantes, y sirven para exponer y adelantar la desintegración humana y personal de la Louisiana pre-desastres naturales, es decir, es representación física de la historia misma. The Long Bright Dark coloca tono, suelta nudos a complicarse o distenderse a lo largo de la temporada y engancha; Viendo Cosas funciona para conocer a los protagonistas y sus motivos/conflictos profundos, sirve para mirar dentro de las psiques, que el estilo de Fukunaga nos va ofreciendo también: tal cual, pasamos de tener frente a los ojos una grabación digital (es decir un filtro temporal) a vivir sus recuerdos y de ahí atravesamos, literalmente, a la sala de interrogatorios.

El tiempo y la palabra, hasta este momento, serán fundamentales. Los objetos que registran la acción para nosotros nos estarán hablando todo el tiempo de una referencia contextual, ya sea flashback o presente que estaremos descubriendo poco a poco. Eso por un lado, por el otro lo que los protagonistas relatan y lo que no, será el acento perfecto para los motores de la serie, los silencios se traducen en memorias que solamente el espectador presencia, los irónicos comentarios serán la gasolina que ponga en movimiento a True Detective, tan es así que el drama mismo comienza hasta el momento en que Rust y Marty hablan largo y tendido después de encontrar el cuerpo de Lange. Lo que se dice y lo que no se dice, será la parte esencial del discurso visual extradiegético (con la consecuencia de conectar tácitamente con nuestro ojo omnipresente) y la manera en que la historia se vuelve consistente en su lógica interna (lo que los personajes implicados ignoran o saben).

Las pista importantes, sin duda, que permearán el sentido general de esta serie, serán los pensamientos al aire que poco tomarán en cuenta el reparto coprotagónico, la búsqueda instintiva de líneas narrativas/temporales en la vida de ambos detectives, la de asimilar el mundo en una línea recta, poco a poco se muestra como una mera manera (simple)de creer que entienden la complejidad de una historia en espiral –¿les suena de nuevo la marca, tipo runa, que tiene la asesinada en la espalda?–, que poco a poco se los estará tragando.

 

 

The Locked Room / Who Goes There

Hacia el tercer episodio las personalidades están más que marcadas y se van perfilando, de maneras más o menos claras, diversas vertientes en el caso. Una situación que parecía sencilla, por un lado encontrar al autor de un asesinato ritual y por otro una pareja recién unida de policías, gira hacia lo que todos pensábamos: una compleja serie de crímenes hechos por la(s) misma(s) mente(s), y la complejidad de un hombre con todos sus valores bien amarrados, emparejado con un nihilista solitario que reflejará lo que trae en su interior.

True Detective comienza a volverse muy literario. Entre otras cosas, los diálogos se volverán más y más importantes cada vez, sumado a que aparecen a cada tanto como contrapunto de las preciosistas panorámicas con las que Fukunaga quiere envolvernos. Las acciones en flashback están al servicio de la memoria que asalta a los protagónicos todo el tiempo; ésta nos cuenta su estado anímico y personalidad actual, versus lo que dicen directamente a la camarita digital y a sus interrogadores. Existe pues un cúmulo de situaciones de las que Rust y Marty no pueden escapar, mismas que nuestro narrador-omnipresente –el tiempo audiovisual, es decir, el montaje– nos muestra; la realidad parcial, la que conocen los policías o nuestros narradores-personaje, es la que los protagónicos desean mostrar como máscara.

Cual gran novela, codificada en cierto modo por una forma cinematográfica (sin duda), la serie se da el lujo de que las pistas falsas o conexiones, en apariencia importantes, llámese nombres/personajes/cabos sueltos, vayan despareciendo poco a poco: dado el conocimiento o la costumbre con la que cualquier espectador se acerca a una épica detectivesca, Fukunaga y Pizzolato manipulan la historia sin tropezarse con los clichés esperados, siempre se escapan a ello. Evidenciando falsos errores de guión  —los pequeños detalles, simples casi siempre y fortuitos, que a lo largo de la trama van tomando importancia y dando forma al caso/argumento hasta cerrar la serie—, los autores edifican una sólida obra con una profundidad inesperada, tanto que a ratos pareciera no importar un asesino serial tanto como las tesis que nuestros policías-hijos-de-puta van soltando.

Cuando por fin el caso va tomando forma, cuando la representación visual de la maldad machete en mano nos ataca desde lo profundo del bayou (recordándonos vagamente incluso a Leatherface), la disposición amoral, y sin embargo ética de Rust, toma un peso impresionante. Ante la duda pasional de Marty en la que divaga sobre si un hombre puede amar a dos mujeres a la vez, la cual lleva a preguntar por la maldad de “hombres comunes” como estos agentes de la ley, la respuesta es rotunda, parafraseando: “somos los malos, pero nosotros estamos para atrapar a los otros malvados”.

La justificación de una existencia vacía que por mera programación no puede desaparecer, es decir bajarse del tren y quitarse la vida, llega a partir de toda la maldad que pueda contener en su interior. Es necesario tener a estos hijos-de-puta, porque ellos nos protegerán de otros como ellos, otros que no operan dentro de un límite y que acechan al grueso de los que vivimos en un estado institucionalizado, que finge no observar la perversidad del mundo. Marty y Rust son conscientes de la premisa de Heidegger en la que somos entes arrojados a un mundo inhóspito. Éstos detectives –no podría haber mejor alegoría de su personalidad– se comprenden arrojados a través de un único medio, es decir la angustia, y actúan en conformidad de ello.

Llegando a la mitad de nuestra gran novela negra, donde los episodios se tratan más bien de capítulos literarios, la situación del ver-no ver, de lo que la Louissiana decadente esconde y lo que se muestra a los policías, la realidad contra la ficción, se va tornando cada vez más importante para la forma de la serie. El realismo o la verosimilitud del relato se va mostrando como una reconstrucción de un viejo caso: el montaje mismo es la rememoración del pasado. La memoria es un personaje más en esta epopeya negra que va a ser rota por un intento de retomar la cinematografía más pretenciosa en un “ombligo de historia”. Cerramos la mitad de la aventura con un planosecuencia genial que sirve para poner en evidencia un presente constante, no hay pasado no hay futuro. No obstante que el capítulo 3 (La habitación cerrada con llave) nos catapultó a una introspección fundamental al vendernos la idea de la mente como una serie de puertas abiertas y cerradas, el episodio 4 se pierde en un argumento efectista que está hecho para agilizar pero que bien puede resolverse de manera menos aparatosa.

Tal vez se podría tildar de ocioso el preguntar ¿quién anda ahí? cuando sabemos perfectamente qué monstruos se esconden en la oscuridad. Pero un plano de seis minutos sin cortes, en un gueto afroamericano vil y perverso del que nuestro policía-filósofo lleno de drogas tendrá que entrar y salir con vida, sin duda llena nuestras miradas cinéfilas/seriéfilas.

…continuará.

 

10.11.14

Julio César Durán


@Jools_Duran
Filósofo, esteta, investigador e intento de cineasta. Después de estudiar filosofía y cine, y vagar de manera "ilegal" por el mundo, decide regresar a México-Tenochtitlan (su ciudad natal), para ofrecer sus servicios en las....ver perfil
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